Soldados caídos

En mi anterior entrada “Emaús. A pesar de todo Dios sigue estando entre nosotros” os hacía una pequeña confidencia. Y es que siempre he pensado que los Servidores de Emaús somos un cuerpo de élite dentro del Ejército de Dios y que somos los llamados a hacer el trabajo de campo siempre en primera línea de ‘combate’, que actuamos siempre en el cuerpo a cuerpo, aquí pegados en la tierra pero con la mirada siempre puesta en lo más alto. En Dios.

Hace unos días recibí la llamada de un buen hermano de Emaús, al cual por cierto hace tiempo que no puedo abrazar por culpa de la dichosa pandemia, y estuvimos charlando de cómo nos iba. Fue entonces, en un momento dado de la conversación, cuando me comentó que habiendo yo equiparado a los Servidores como la ‘Infantería de Dios’ por qué no escribía sobre los que él llamaba ‘Soldados caídos’. Lo comentamos sólo un poco por encima. Total, que aquí me tenéis, me he decidido a escribiros sobre ello.

Nuestro ‘ejército’ se nutre de ‘soldados’ en los retiros. Es allí donde muchos dejan que Dios a través del Espíritu Santo dulcemente empiece a cambiar sus vidas, y es allí donde muchos apuestan decididos por iniciar un nuevo camino de conversión y de encuentro con Dios. Es el maravilloso milagro que se repite inalterablemente en cada Retiro de Emaús. Un regalo de Dios que cambia sus vidas. Pero no todo acaba en ese fin de semana prodigioso, ni mucho menos. El lunes siguiente a un retiro el caminante ahora ya servidor, después de haber vivido en una nube durante tres días, se encuentra de frente y choca de nuevo con la realidad de sus vidas. Los primeros días incluso semanas tienen la sensación de ir flotando con los ánimos a tope, pero no nos engañemos, los problemas económicos, laborales, familiares, de salud y un largo etcétera siguen allí y amenazan con apagar sus llamas recién reavivadas. Es a partir de ese mismo momento cuando los Servidores experimentados debemos entrar en acción y acompañarles a lo largo de este difícil camino, y en ningún caso abandonarles a su suerte. Si queremos buenos ‘soldados’ para Dios debemos darles la mejor instrucción estando muy pendientes de ellos. Necesitan de nuestro consejo y acompañamiento. Cada uno de ellos necesita su Simón de Cirene que les ayude a cargar con su cruz.

Últimamente me he fijado que en nuestros encuentros y adoraciones faltan muchos hermanos que en su día caminaron con nosotros, incluso diría que la mayoría de las veces somos los mismos los que nunca fallamos. Las primeras semanas tras un retiro estos encuentros siempre están mucho más animados, es lógico. Son muchos los que aún con el recuerdo muy vivo del fin de semana que cambió sus vidas se animan a acudir al encuentro con Jesús sacramentado y con el resto de hermanos, pero poco a poco, en un goteo incesante muchos van dejando de venir, van cayendo por el camino, son nuestros ‘”soldados caídos”. Será por un motivo o por otro, pero dejan de venir. Es así.

¿Y no será que los estamos abandonando por el camino cuando deberíamos estar mucho más pendientes de ellos? Y ojo, yo soy el primero en entonar el ‘mea culpa‘ y acepto mi parte de responsabilidad. En todo esto yo no me libro y reconozco mi importante dejadez en este aspecto ¿Es que acaso ya he olvidado a aquellos hermanos que tras el retiro que cambió mi vida estuvieron siempre pendientes de mi, acompañándome, aconsejándome, arropándome, escuchándome y lo más importante de todo, rezando por mi? Gracias a ellos seguramente hoy no soy un soldado caído mas en el campo de batalla. Os diré que hace un par de semanas, en nuestra adoración semanal, aparecieron un par de hermanos que hacía mucho mucho tiempo que no veía por allí. Volver a verlos fue un verdadero regalo, una fiesta por todo lo alto en mi corazón, pero sobre todo en el corazón de Jesús. Me imagino su inmensa alegría al volver a ver a dos de sus mejores hombres en primera línea.

Deberíamos rezar mucho más por los que se han ido quedando por el camino. Esto es lo más importante sin duda ¿Pero que tal si echamos mano de nuestras agendas y empezamos a llamarlos para interesarnos por cómo les va? Algo tan sencillo como hablar, quedar para tomar un café y charlar, o invitarles y acompañarles a uno de nuestros encuentros semanales con Jesús puede suponer oxigenar de nuevo sus quizás muy debilitadas llamas ¿No estarán muchos de ellos necesitados de consejo, ayuda, abrazo, cariño y no lo sabemos realmente? Quien sabe, igual alguno nos está llamando a gritos pero somos incapaces de oírle. Un soldado, por muy duro que sea, en los momentos difíciles siempre necesita de un hermano que le arrope, le escuche, le de consejo y le de cariño. Alguien que esté siempre allí y al que siempre puede acudir cuando le haga falta. Quizás deberíamos ‘ponernos las pilas‘ y empezar a recuperar a todos los que se han ido quedando por el camino. Es nuestro deber como Servidores. Sólo así conseguiremos el mejor de los ejércitos para Dios.

Todos tenemos algún hermano de Emaús al que echamos mucho de menos, seguro ¿Y si lo llamamos hoy mismo?…


Y el Rey, en respuesta, les dirá: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis». (Mateo 25, 40)

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