COVID 19. Con Él a bordo, no se naufraga

Hace ya más de 16 semanas que nuestro Gobierno declaró el ‘Estado de Alarma‘ y la verdad es que al principio en ningún caso llegué a imaginar que tal situación excepcional podría llegar a alargarse tanto y tanto en el tiempo. Creo que nadie lo pensó, aunque a medida que pasaban los primeros días de confinamiento todos nos dimos de frente con la cruda y tozuda realidad: muerte, enfermedad, desolación y a partir de junio una vuelta progresiva e incómoda hacia lo que algunos mandatarios han llamado “nueva realidad”.

Personalmente debo reconocer que lo del confinamiento en casa no me preocupó demasiado, quizás porque pensé que era cosa de un par de semanas y que adaptarme a esta situación no me costaría demasiado. Me gusta disfrutar de mi hogar, mi esposa e hijos, en definitiva, de la vida en familia. En casa nos lo planteamos con cierto humor y alegría a pesar de todo. Organizar las tareas del hogar, la cocina, el trabajo, etc. no fue demasiado complicado y la cosa parecía que funcionaba bien. Quizás esta era una gran ocasión para compartir comunicación, generosidad y entrega entre todos, algo que falta muchas veces en las familias.

Pero ¡Ah! amigo ¿Y qué pasa con Dios?…

Ahí sí debo reconocer que pasados los primeros días me hundí en una especie de desesperación cargada de amargura. Se suprimió la Eucaristía en nuestras parroquias, las adoraciones, los encuentros semanales con mis hermanos de Emáus, en definitiva la actividad en nuestras iglesias y la vitalidad de nuestras comunidades cristianas quedaron reducidas hasta la más mínima expresión. ¿Pero cómo voy a estar cerca de Dios? ¿Cómo voy a poder estar a solas con Él? ¿Si no puedo ir a misa perderé el contacto íntimo con Dios? ¿Y qué pasa si no puedo abrazar y compartir adoraciones con mis ‘hermanos’?… ¡Esto es una tragedia! Pensaba con mucha tristeza. Mi llama se acabará apagando. Me conozco y se que necesito de todas estas cosas que me hacen mantener vivo en la fe y que alimentan mi camino de conversión.

Seguir la misa y las adoraciones por YouTube, conversar con mis ‘hermanos’ vía WhatsApp o rezar el Santo Rosario por Zoom estaba bien pero, qué queréis que os diga, no es lo mismo. Es como si me faltara algo, como si me faltara esa conexión tan íntima e intensa que uno siente cuando comulga o está ante el Santísimo en estado de contemplación. La verdad es que muchos días se me hacían cuesta arriba en este aspecto pero intentaba suplir esta falta de cercanía a Dios con la Oración silenciosa y la lectura de la palabra… pero lo reconozco, fueron pasando los días y fui dejando poco a poco incluso esto, hasta que quedaron reducidos estos momentos en lo que llamaría unos ‘servicios mínimos‘… ¡Qué sólo y abandonado me sentía Señor!

Qué osado y egoísta por mi parte quejarme por tan poco cuando fuera el Coronavirus arrasaba con todo, se cobraba miles de vidas y dejaba rotas a tantas y tantas familias por todo el mundo. Rezaba por la salud, las almas y las familias de todos los contagiados pero me sentía muy vacío interiormente y muy sólo. ¿Por qué esta dura prueba para la humanidad? ¿Esto se hunde y tú mi Dios dónde estás cuando la tormenta arrecia?…

Pero un día lo cambió todo… Concretamente el 27 de marzo de 2020. Ciudad del Vaticano, Plaza de San Pedro en una tarde plomiza y lluviosa. Un hombre sólo, el Papa Francisco, orando en silencio ante la cruz y meditando el día que habíamos sido todos convocados para la Oración extraordinaria ante la pandemia por coronavirus. No se a vosotros pero ver en televisión aquella imagen fue una sacudida en toda regla. Ver aquel hombre cansado, angustiado y con cara de preocupación orando sólo en aquella majestuosa plaza siempre llena a rebosar de fieles bulliciosos me tocó muy hondo en el corazón. No se, personalmente ver aquel hombre solitario y seguramente angustiado y atemorizado como lo estaba yo y muchos de vosotros, me hizo ver que en todo esto no estaba sólo, era toda la humanidad la que estaba representada en aquel momento por el Papa. Fue todo un regalo de Dios lo que recibimos todos aquella tarde. Una gracia inmensa. Fue el darnos cuenta que estábamos aterrorizados por la tormenta pero Él seguía estando entre nosotros a pesar de todo… ¡Hombres de poca Fe!

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© foto: Vatican News

Esa misma tarde en su magnífica meditación Francisco nos decía:

«Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. (…) ¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?. El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere. El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar».

Es cierto que el Santo Padre estaba dirigiéndose a toda la humanidad, pero no es menos cierto que me estaba interpelando a mi personalmente: «Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga». ¡Claro! —pensé. ¡Soy hombre de poca fe! Me lo está diciendo claro y alto: ¡Entrégale a Él todos tus temores y hazlo partícipe de tu vida!. En ese momento creo que mi estado de ánimo cambió radicalmente. Decidí entregarle todas mis angustias, temores, dudas e incertezas invitándole a entrar en mi casa y haciéndolo partícipe de mi vida cotidiana. Todo lo que hacía: Cocinar, limpiar, teletrabajar, orar, cantar, reír, llorar, meditar, amar… Todo lo hacía para Él y junto a Él. Me volqué en el Servicio hacia la familia, siempre con una sonrisa, de manera discreta y silenciosa como hacía mi querido y venerado San José, y aprendí a verle a Él reflejado en las personas que más quiero. Y disfrutaba haciéndolo, me sentía a salvo en la barca. Aunque Él aparentemente estuviese dormido a popa, yo estaba tranquilo, sereno y confiado por que sabía que estaba allí y no me iba a dejar solo. Nunca, ni un sólo día mas.

Poco a poco empezó la ‘desescalada‘ hacía la ‘Nueva normalidad‘, empezamos a salir de casa y al fin pude reencontrarme con Él físicamente. Comulgar después de tanto tiempo fue uno de los momentos más emotivos y felices que recuerdo. Era como si la espesa niebla y la tormenta de los primeros días empezase a disiparse y la luz del sol se hiciera presente por fin.


In memoriam de todas las víctimas del COVID19. Para que el Señor nuestro Dios misericordioso las acoja en su seno y les permita gozar de la contemplación de su divino rostro y así también puedan vivir en la plenitud eterna. Amén

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