Un deseo irrefrenable… ¿Qué quieres de mi, Madre?

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Capella de la Puríssima – Sant Vicenç de Sarrià. Retablo: Josep Maria Camps i Arnau, Pinturas: Francesc Fornells-Pla. Foto: Jordi Cotrina (El Periódico de Catalunya)

Lo se, hace días que os tengo olvidados y no escribo nada en el blog. Os pido mil disculpas, pero la verdad es que desde que escribí mi última entrada: «Ojos de María: Miradas a través del corazón» y de haber gozado por primera vez en muchos años de una Navidad espectacular, donde he podido disfrutar de mi familia y de tu gloriosa venida mi Señor Salvador, entré con el inicio del nuevo año en una fase alarmante de enfriamiento espiritual donde la llama de mi débil Fe inexplicablemente iba apagándose.

No tenía ganas de rezar, no conectaba contigo mi Dios en la Eucaristía, hacer Horas Santas dejó de ser algo habitual y empecé a sentir que te distanciabas de mí… ¿Pero qué estoy diciendo? ¡Qué falso e hipócrita soy! Se que tú nunca te alejas de mí, soy yo el que se aleja. Soy débil, lo se, y muchas veces el cansancio me vence y tengo entonces una malsana tendencia a abandonar todo lo que emprendo. En este caso mi propósito de no apartarme de ti nunca más.

Eso si, he mantenido siempre una muy buena costumbre que suelo practicar regularmente: el rezo del Santo Rosario. Yo lo suelo rezar cada mañana cuando paseando voy al trabajo. A veces reconozco que me cuesta o me vence la pereza, pero raro es el día en que no le dedique a María este momento tan especial, íntimo y reconfortante. La verdad es que es algo que necesito, es una verdadera recarga de energía para poder encarar el día que apenas acaba de iniciarse. De camino al trabajo, mientras voy rezando el Rosario, siempre paso por delante de la Iglesia de Sant Vicenç de Sarrià donde algunas veces entro a visitarte para ofrecerte o agradecerte el día.

Hace tan sólo unos días, uno de esos donde mi llama andaba muy pero que muy apagada e iba rezando el Santo Rosario con poco entusiasmo y algo distraído en cosas mundanas, al pasar por delante de esta Iglesia, y no se si os habrá pasado alguna vez, sentí una irrefrenable necesidad de entrar, como una llamada. Pero esta vez no era para saludarte a ti mi Señor, era tu madre María la que me estaba llamando. Os lo aseguro, así lo sentí. No me lo pensé dos veces, dejé de rezar, entré y me fui directo hacia la Capilla de la Purísima (Si estáis por Barcelona os la recomiendo, la belleza de la imagen de nuestra Madre es espectacular). Como casi siempre allí no había nadie, estábamos solos, me postré ante ella y le dije:

—Aquí estoy ¿Qué quieres de mi, Madre?...

Allí estuve junto a ella. La miraba fijamente y le hablaba desde lo más profundo de mi corazón y ella me hablaba al corazón. Sentí una paz absoluta y sentí también el calor abrasador del abrazo maternal, del abrazo amoroso de una madre que desde entonces tengo el convencimiento que me quiere con locura. Me di cuenta que me quiere con el mismo amor con el que quiso y sigue queriendo a su amado hijo Jesús. Sentí como ella es la que me mantenía unido a su hijo a pesar de todo. Había respondido a su llamada y ella me estaba agradeciendo mi presencia allí. Entonces pensé que quizás se sentía muy sola y por eso me había llamado a su presencia. Sí a mi, su humilde siervo. Al cabo de un rato al mirar el reloj vi que ¡Había pasado una hora!… y a mí me parecieron tan sólo unos pocos minutos. Gracias por haberme llamado Madre y por regalarme una hora de tu valioso tiempo.

A día de hoy sigo entrando a saludarla más a menudo y a contarle mis cosas. Todo un regalo para el alma. Yo se que “Si tu me miras, Él me mirará…”, como bien dice una canción.


«Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, le dijo a su madre:
—Mujer, aquí tienes a tu hijo.
Después le dice al discípulo:
—Aquí tienes a tu madre.
Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa».
(Juan, 19, 26-27)


Foto: cathopic

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