El milagro de Emaús: luz de esperanza

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Hace cuatro días que acabó el último Retiro de Emaús donde he servido y me siento muy feliz ¿Por qué? Pues sencillamente porque Dios ha actuado una vez más en todos los ‘Caminantes’. Llegaron todos con unas cargas muy pesadas, cargas repletas de pecados, adicciones, angustias, preocupaciones, desánimos, frustraciones, dudas y vacíos muy profundos, pero tú mi Dios, sin importarte lo más mínimo sus pasados, saliste a su encuentro para abrazarlos de nuevo, aliviarles la pesada carga, darles esperanza en el futuro y llenarles el corazón de tu divina gracia.

Una vez más he sido testigo directo de tu gran poder, que es el poder que emana de tu inmenso amor y misericordia extrema. Desde el mismo viernes ‘Caminantes’ y ‘Servidores’ empezamos a vislumbrar al final del oscuro túnel la resplandeciente luz de la esperanza y como esta iba hacia nosotros con fuerza. Y es que habías salido incansable, una vez más, al encuentro de tus ovejas descarriadas y perdidas como buen pastor que se preocupa por su rebaño.

Los abrazaste, besaste, acariciaste y mimaste como sólo tú puedes hacerlo ¡Qué generosidad la tuya Padre! No sólo te dejaste matar por nuestros pecados sino que a pesar de que la mayoría se habían apartado inexplicablemente de ti, tú siempre estuviste esperando su regreso mirando el lejano horizonte. Y cuando viste que se acercaban corriste a su encuentro, los abrazaste y besaste con amor, y hasta hiciste una gran fiesta de reconciliación en su honor ¡Ojalá tuviese yo una billonésima parte de tu amor!

Y yo que soy un privilegiado, he sido una vez mas testigo directo de esta maravillosa manifestación de amor infinito. Una maravillosa manifestación de amor infinito que solo tiene un nombre: Milagro. Es el milagro de Emaús.

No me extraña nada que el domingo por la tarde, a pesar del cansancio, nuestras caras fueran el verdadero reflejo de nuestras almas. Nuestras inmensas sonrisas y lágrimas eran consecuencia de poseer a partir de ese fin de semana unas almas eternamente agradecidas y unos corazones rebosantes de felicidad por haberse por fin reencontrado contigo Señor y por tener de nuevo la llama de la Fe encendida. Y es que…

¡Jesucristo ha resucitado!
¡En verdad ha resucitado!


«Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado» (Lucas 15, 31-32)


Foto: Cathopic

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