¡Mi guardaespaldas es un ángel!

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Domenico Fetti – Ángel de la Guarda protegiendo niño – Museo del Louvre

Hoy celebramos la memoria de los Santos Ángeles Custodios. La verdad es que, y no se si os ocurrirá a vosotros lo mismo, personalmente reconozco que yo me acuerdo muy poco de mi ángel custodio y apenas suelo recurrir a su valiosa ayuda. Y lo que es realmente más impresionante, es que aún siendo consciente de que a pesar de todo él nunca dejará de ayudarme y protegerme incluso cuando no le hago caso, aún así me permita el lujo de tenerlo completamente olvidado.

Cada ser humano tiene asignado por Dios un Ángel Custodio. Son muchas la referencias en el Antiguo y Nuevo Testamento a esta poderosa figura celestial. Este ángel nos acompañará a lo largo de nuestra vida como un fiel escudero o guardaespaldas, y desde una posición discreta velará siempre por nuestra integridad tanto corporal como espiritual, protegiéndonos de todo tipo de males y peligros del diablo.

Hace poco leí que nuestro Ángel Custodio siempre nos acompaña, en las buenas o en las malas. Es maravilloso pensar que incluso habiendo perdido la Gracia por estar en pecado nuestro ángel está allí, a pié de cañón, velando sin descanso por nosotros. En casa, en el trabajo, al volante, en la diversión, en el dolor, con los amigos, en la soledad, en la oración, en la enfermedad, en la salud, etc… Siempre está a nuestro lado, 24 horas al día los 365 días del año, dispuesto a escucharnos, ayudarnos y protegernos sin descanso. Su poder es impresionante y no nos olvidemos además de que su influencia es inmensa ya que los ángeles son las criaturas celestiales más cercanas a Dios. Hablan directamente con Él.

Aún así ¿Cómo es posible que lo tengamos tan olvidado?… Quizás se deba a que es una figura que asimilamos más a nuestra tierna infancia, cuando nuestros mayores nos hacían rezar a nuestro Ángel de la Guarda antes de irnos a dormir, pero que con el paso de los años hemos ido olvidando. Deberíamos hablar más a menudo con ellos, sin utilizar fórmulas demasiado protocolarias o rimbombantes, muy al contrario con mucha sencillez y naturalidad, como quien habla con un hermano o amigo.

Háblale de lo que te preocupa, lo que te alegra, lo que necesitas, lo que te angustia, en definitiva, de todo lo que quieras. Además puedes pedirle que te proteja ante cualquier mal o tentación. El ya lo hace ‘de oficio’ pero ¡está deseando que se lo pidas! De momento, hoy en su día, podrías empezar por regalarle después de mucho tiempo aquella bella oración que nos enseñaron nuestros padres. Te lo agradecerá, está desando recuperar tu amistad:

«Ángel de mi guarda dulce compañía
no me desampares ni de noche ni de día.
No me dejes sólo que me perdería».


«Porque ha dado órdenes a sus ángeles
que te guarden en todos tus caminos.
Te llevarán en sus palmas
para que no tropiece tu pie en piedra alguna».
(Salmos 91, 11-12)

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