Discípulo tuyo, pero a cierta distancia…

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Llevamos horas caminando, hoy hace calor, me duelen los pies y estoy sediento. Somos decenas los que le seguimos por donde vaya. Yo hace poco que me uní a ellos y cada día que pasa me siento más unido a Él aunque soy indigno de acercarme demasiado a su persona. Las sandalias me hacen llagas en los pies pero la verdad es que seguirle por tantos caminos vale la pena aunque estos se presenten a veces tan extenuantes. Samaria, Sidón, Betsaida, Cafarnaum, Naim, Jericó o Jerusalem, da igual la dificultad del camino, los obstáculos, la distancia, el tiempo o el clima, da igual, el Maestro nunca descansa, como si el tiempo se le agotara, y a pesar de todo seguirle nos hace muy felices. La verdad es que muchas veces no le entendemos o no somos capaces de interpretar lo que pretende decirnos, pero da igual, sus palabras, sus obras, sus prodigios, sus gestos y su sonrisa nos atrapan y nos hacen reconocerle en toda su grandeza divina.

Observo que a su lado siempre andan sus apóstoles, los elegidos para ser ‘pescadores de hombres’. El fiel Pedro, su amado Juan, el temperamental Santiago o el elegido Mateo son algunos de los ‘enviados‘ de Jesús de Nazaret, nuestro mesías. No se separan de Él, como si fueran conscientes de que podrán disfrutar poco tiempo de su preciosa presencia. Veo también que le siguen de cerca algunas mujeres fieles: su madre la Virgen María, María de Magdala y otras tantas que ahora no logro reconocer, quizás entre ellas hoy vayan también Marta y María de Betania. No lo se, pero por sus miradas adivino que le admiran y por eso le siguen a donde vaya, sin descanso, sin una queja, sin un ‘pero’. Escuchar y servir al maestro es la mejor recompensa. Y yo tras ellos a mucha distancia me conformo, desde una discreta posición, con seguirle, escuchar atentamente sus palabras y ser un simple testigo silencioso de sus maravillosas enseñanzas.

Y entonces pienso…

Rabbuní, como te llaman tus fieles, tus mensajes y enseñanzas cada día me embriagan más pero muy a menudo reconozco que soy incapaz de pasar a la acción y de poner en práctica los sabios consejos, mandamientos y enseñanzas que con tanto cariño te empeñas en transmitirnos a todos. Por eso me considero indigno de ser discípulo tuyo. Y es que nos pides que vayamos a ti y te amemos incluso por encima de nuestra propia familia y también que amemos a los demás, incluso a nuestros peores enemigos, y humildemente reconozco que algunas veces mi soberbia y vanidad terrenales me lo impiden. Nos dices una y otra vez que seamos caritativos y misericordiosos con los demás pero ¡me cuesta tanto! Incluso nos recuerdas que estamos aquí para servir y resulta que yo soy más de ser servido. Y lo que es peor, muchas veces cuando pasamos por algún pueblo o ciudad y las gentes te rechazan hostilmente, yo me escondo cobardemente para que nadie vea que te sigo los pasos o para que ninguno de mis conocidos me reconozca como uno de los que te acompañan. Soy muy débil mi querido maestro ¡sobre todo ante las tentaciones! Lo reconozco, cumplir con rigor los sagrados mandamientos de la Ley de Dios no es tarea fácil. De hecho Tú nunca dijiste que esto sería fácil, ni mucho menos. Eso sí, tu insistes y siempre nos pides, hoy también lo haces, que nos desprendamos de las cosas terrenales, carguemos con nuestra cruz y te sigamos, y así lo intento.

Aquí me tienes mi buen Jesús, a tu lado, con mi pesada cruz a cuestas recorriendo el duro pero feliz camino… pero a cierta distancia.


«Iba con él mucha gente, y se volvió hacia ellos y les dijo:
—Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y a sus hermanas, hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo (…)
Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo».
(Lucas, 14, 25-27 y 33)


Foto: cathopic

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