Carta a un Dios que está de vacaciones

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Queridísimo Padre.

Quererte tanto durante todo el año, mi buen Dios, muchas veces puede llegar a convertirse en una rutina sencilla: misa diaria, adoración semanal, confesión regular, Santo Rosario, oración, etc. Es la rutina del buen cristiano. Pero ¿y durante las vacaciones? ¿Qué ocurre esos 15 o 20 días en que tengo que cambiar radicalmente de ambiente al desplazarme a mi lugar de veraneo? ¿Qué ocurre cuando debo relacionarme con otras personas que en algunos casos están completamente alejadas de tí? ¿Qué ocurre cuando me toca convivir las 24 h. del día con mi pareja, hijos, hermanos, padres, cuñados?… Reconozco que a mí el afrontar las vacaciones siempre me produce un cierto vértigo y ansiedad.

Han ido pasando los días de descanso y cuando estos ya van llegando a su fin aprovecho, ahora que tengo un momento de tranquilidad, para meditar preguntándote ¿Dónde has estado mi Dios?… Estos días de vacaciones siento como si te hubieras alejado de mi, pero nada más lejos de la realidad. Sigues aquí junto a mi, dentro de mi.

Cierto es que estos días he dejado de asistir regularmente a la eucaristía, que sólo un día me he acercado a una adoración para acompañarte, que he dejado de leer tu palabra, que mis ratos de oración contigo se han ido espaciando o que incluso he dejado de escribir en este blog. Los primeros días esto me angustiaba mucho y me creaba un sentimiento de culpabilidad terrible. Pero poco a poco fui dándome cuenta que todo esto quizás no era tan importante y que debía aprovechar estos magníficos días para ‘encontrarte’ en otros lugares y en otras situaciones.

Y es que tú siempre has estado a mi lado. En la belleza de las montañas y el mar que me han rodeado, en una caricia de mi esposa, en el abrazo de un hijo o en la mirada agradecida de unos padres ya ancianos. Te he sentido en los silencios del campo, en el bullicio de unas fiestas de pueblo o la algarabía de una reunión de buenos amigos. Has estado junto a mi cuando he perdido la paciencia o cuando me he sentido fatigado, pero también cuando me sentía feliz y agradecido por tener lo que tengo y por no tener lo que no tengo. He visto tu reflejo en los ojos de mis seres más queridos y en los que no lo son tanto. He notado tu presencia en el vuelo de un ave en libertad o en la escasa lluvia que me ha refrescado cuando tenía calor. Señor, tu aliento nunca me ha faltado cuando el mío ya no era suficiente para seguir adelante.

Ahora me he doy cuenta de lo alejado que he estado de ti estas vacaciones, pero tú en cambio nunca has estado de vacaciones y has estado, como siempre, junto a mi. Muy cerca, muy dentro…

Gracias Señor, gracias mi Dios por no cerrar por vacaciones.


«Yo estaré contigo y te guardaré donde quiera que vayas, haciéndote volver a esta tierra, pues no te abandonaré hasta que haya cumplido lo que te he dicho.» (Génesis 28, 15)


 

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