Los cristianos deberíamos reír más

Magis 2016

Hace unos días, a raíz de una inocente broma que publiqué en algún grupo de WhatsApp en los que estoy metido junto a otros hermanos de fe me di cuenta, aparte de no provocar apenas alguna reacción ya sea positiva o negativa, de que nos hace falta mucho reír, incluso diría que también reírnos algo más de nosotros mismos.

Está muy bien que seamos respetuosos con los demás; abnegados cumplidores de la ley de Dios; sufridores ante las adversidades que nos depara la vida; recogidos, silenciosos y contemplativos en la oración; discretos y fieles en el cumplimiento de los sacramentos; solidarios ante las necesidades y los sufrimientos ajenos; caritativos y misericordiosos con los más necesitados; abandonados ante la voluntad de Dios incluso cuando esta no nos agrada; etc, etc. Pero hagámoslo todo con más alegría y buen humor, no hace falta poner siempre ‘cara de acelga‘ y mostrarnos siempre tan graves en nuestras actitudes. Durante siglos la nuestra ha sido una religión donde había gentes que opinaban que las risas y la alegría eran incompatibles con una vida de santificación. La risa era mal vista o proscrita de la vida del cristiano. Era como si la alegría y la risa fuesen un obstáculo para la rectitud y la vida de entrega a Dios. Como si la risa invocase el mal o tuviese algo de diabólico. Recuerdo cuando era niño que en el colegio, cuando íbamos a misa o estábamos en alguna meditación, había siempre un profesor vigilando y cuando nos reíamos nos venía por detrás y nos daba un ‘capón‘ que nos dejaba desmontados ¡Caramba, como si a Dios no le gustase la sonrisa y la risa de un niño!

Es más, en las Sagradas Escrituras podemos leer:

«Todo tiene su momento y hay un tiempo para cada cosa bajo el cielo:
(…) tiempo de llorar y tiempo de reír»
(Eclesiastés 3, 1 y 4)

Deberíamos también con nuestra alegría y nuestras risas romper de una vez por todas esta falsa imagen de seriedad, gravedad, aburrimiento y oscuridad que tanta gente cree percibir en los cristianos o que algunos intentan difundir sobre nosotros. Son muchísimos los que piensan que nuestra vida es una vida aburrida y triste, donde todo lo bueno de este mundo lo tenemos vetado y donde vivimos permanentemente angustiados bajo el pesado yugo de un Dios cruel y vengativo que no nos pasa ni una y nos lo hace pasar supuestamente tan mal. Como si ser cristiano fuese sinónimo de ser un perfecto amargado.

Y nada más lejos de la realidad. No tiene ningún sentido, cuando en realidad la nuestra es la fe de la alegría, de la alegría que se fundamenta en la plena certeza de sentirnos hijos privilegiados de un Padre misericordioso y compasivo que nos ama hasta la locura y que siempre está a nuestro lado, en lo bueno y en lo malo. La nuestra es la fe de la esperanza, la esperanza puesta en la mejor y la más feliz de las recompensas: nuestra salvación. No tenemos ningún motivo para estar tan serios y mostrarnos tan graves. Incluso en los momentos más difíciles esa misma esperanza y confianza en el amor infinito de un padre misericordioso y extremadamente generoso nos ayudará a afrontarlos con alegría y a encontrarles un sentido. Y esta alegría por nuestra fe es la que deberíamos contagiar por medio de la risa y el buen humor. Esa es la potente luz que debemos irradiar frente a la oscuridad con la que algunos pretenden envolver a los cristianos.

Nuestra risa en ningún caso tiene que ser la del que no se toma la vida en serio o la del que se ríe cruelmente para burlarse de otro, tiene que ser una risa respetuosa y sana que sea una fuente de placer que nos abra la capacidad de sentir, de amar y de crear la atmósfera perfecta para que se den las virtudes que nos caracterizan a cada uno de nosotros. El buen humor ha caracterizado desde siempre a la mayoría de los santos, no en vano es la ‘sal de la vida’ que intensificó el ‘sabor’ de sus vidas ejemplares y también debería hacerlo en el de las nuestras. La risa del cristiano es la risa del que sabe enfrentarse con total confianza y seguridad frente al sufrimiento, abatimiento, la adversidad , la angustia y la desesperación. Nuestra risa ciertamente debe ser la risa por la alegría de vivir y por ser hijos de quien somos, pero también debe ser una risa que que nos ayude en la espiritualidad, para acercarnos mucho más al prójimo y al mismo Dios, nuestro padre amado. La risa y la alegría deberían ser nuestro escudo protector frente a un mundo hostil que muchas veces no sabe ni tan siquiera de qué puñetas se ríe…

Yo no soy teólogo ni mucho menos pero estoy convencido de que la risa es un don más del Espíritu Santo. Me gusta imaginar a Jesús riendo.

Deberías reír más querido/a hermano/a, ya sabes, de la risa nace la alegría.


«Se nos llenaba de risas la boca,
la lengua, de cantares de alegría.
Entonces se decía entre las naciones:
«El Señor ha hecho con ellos cosas grandes».
El Señor ha hecho con nosotros cosas grandes:
estamos llenos de alegría».
(Salmos 126, 2-3)


«Dame, Señor, el sentido del humor.
Concédeme la gracia de comprender las bromas,
para que conozca en la vida un poco de alegría y
pueda comunicársela a los demás».
(Santo Tomás Moro)


foto: cathopic

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