San Juan Pablo II. Siempre abrazado a la cruz

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Durante muchísimos años estuve alejado de Dios y de la Iglesia y aún así recuerdo que durante todos esos años había algo que me llamaba poderosamente la atención y me conmovía hasta tal punto que incluso me llegaba a emocionar. Este algo era ver a Juan Pablo II aferrado a su bastón pastoral rematado con un sencillo crucifijo en actitud de profunda oración y absoluto recogimiento, incluso estando ante miles de fieles. Desde el inicio de su papado hasta el mismo final, ya muy debilitado y consumido por la enfermedad, San Juan Pablo II nunca dejó de abrazar la cruz. La cruz le acompañaba siempre en sus viajes y visitas pastorales.

Hoy he vuelto a ver una imagen de San Juan Pablo II con su cruz y he reflexionado una vez más sobre ello. Se que puede parecer una tontería, pero os aseguro que ahora me he dado cuenta que durante muchos años mi única conexión con Dios y la Iglesia fue a través de la repetida imagen del Santo Padre abrazado al Cristo crucificado. Durante aquellos años la Fe, la Iglesia, el clero, los sacramentos, la doctrina, etc. no me importaban demasiado, por no decir nada. Era un mundo que ya no formaba parte de mi vida y aún así debo reconocer, y no sé porqué, que ver esta imagen me impactaba hasta el extremo de sentir un enorme respeto por ese hombre que con tanto recogimiento, amor, emoción, cariño, ternura, sencillez y humildad abrazaba siempre la cruz, incluso cuando era aclamado por miles y miles de entusiastas personas. Él fue la única persona cuya imagen y mensaje siempre me causaron una profunda impresión y admiración. Había algo en Él que siempre me atrajo, cosa que no me ha ocurrido con otros sucesores de Pedro. Hoy, de hecho, me gusta recordarlo así, incansable, al pié de cañón, junto a su amada cruz, con la dignidad propia de sentirse tan pequeño ante la grandeza del sublime acto de amor manifestado en la cruz.

Juan Pablo II abrazado a la cruz era la viva imagen del hombre llamado por Dios a emprender una misión importantísima en un mundo muy convulso y que con absoluta humildad, seguramente apabullado ante tal responsabilidad de divino designio, se abrazaba a los pies de la cruz donde Jesucristo expió los pecados de todos nosotros. Era el incansable peregrino empeñado en mostrar a la humanidad que lo realmente importante era, es y será siempre la cruz y Él un sencillo y humilde portador del mensaje de amor de la cruz por todo el mundo. En una de sus homilías Juan Pablo II decía de la cruz: «Nosotros en esta cruz vemos nuestra redención, vemos la victoria del amor sobre el odio. Todos somos abrazados por Su cruz. Todos somos abrazados por Su amor salvífico ¡Esta es nuestra Fe, esta es la esperanza de todos!»

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Giancarlo Guliani | Catholic Press Photo – Aleteia

Juan Pablo II, sabedor de la inmensa importancia que tiene la cruz, en 1984 al finalizar el Año Santo entregó una gran cruz de madera a los jóvenes diciéndoles: «Llevadla por el mundo como signo del amor del Señor Jesús». Esta cruz se convertiría en todo un símbolo para los jóvenes católicos de todo el mundo y sigue hoy en día su incansable peregrinar por todo el mundo en las Jornadas Mundiales de la Juventud difundiendo el mensaje de amor, salvación y redención entre los jóvenes.

Imaginaros si San Juan Pablo II llegó a marcar en cierta manera mi vida que en 2016, aún estando yo apartado completamente de Dios y de su Santa Iglesia, en un viaje familiar a Roma, al visitar la Basílica de San Pedro del Vaticano busqué el sepulcro del Santo ya que sentí la necesidad, a pesar de mi indignidad, de estar un pequeño instante con Él. En ningún momento llegué a imaginarme que pocos meses después mi vida iba a dar un cambio tan radical al ser abrazado por Dios ¿No será querido San Juan Pablo II que tuviste algo que ver en ello?… Me gusta pensar que sí.

Venerado y amado San Juan Pablo II, gracias por mantener vivos los rescoldos de mi Fe durante tantos años ¡Cuanto te echo de menos!


«Con Cristo estoy crucificado: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2, 19-20)


 

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