Déjate sorprender por Dios

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Cada día que pasa estoy más convencido de que Dios no deja nunca de sorprendernos. Yo, por ejemplo, nunca había prestado atención a cómo Dios actúa en mi vida, ahora sí lo hago constantemente. Os sorprendería saber cuantas veces Dios nos sorprende en nuestras vidas pero no nos damos cuenta. Y como ejemplo permitidme que os cuente un suceso que me ocurrió hace no mucho.

Aquel día, después de comer, me fui a hacer una reclamación a unos conocidos grandes almacenes de la ciudad por un muy mal servicio provocado por un cúmulo de desgraciadas circunstancias. Hacía mucho calor, la mañana en el despacho había sido horrible y no había tenido ni un sólo minuto para descansar tras comer. Estaba de muy malhumor y mi disposición anímica no era la mejor, la verdad. Mientras iba en bus hacia allí en mi cabeza iba repasando lo que le tenía que decir a la vendedora con la que debía hablar —¡Se va a enterar esta inútil! ¡Me va a oír! —iba pensando indignado mientras me iba ‘calentando la cabeza’.

Llegué al Centro Comercial y me dirigí rápidamente a la sección donde debía hacer mi reclamación. Entonces me di cuenta que Laura*, la dependienta a la que debía reclamar, no estaba por allí. Me iba enfureciendo por momentos hasta que pregunté a otra dependienta que salió a mi encuentro —¡Oye! ¿Donde está Laura? ¡Quería hablar con ella!— Dije malhumorado y con cara de pocos amigos… —Ahora no está. Ha tenido que salir por un tema urgente, de todas maneras estoy convencida, si a Ud. no le importa, de que yo misma podré ayudarle —Me contestó cariñosamente y con una gran sonrisa de lado a lado de la cara. Me acababa de desarmar completamente.

No se, pero os puedo asegurar que allí mismo y en aquel momento automáticamente acabó mi mal humor, me sentí tratado con tanto respeto, extrema amabilidad y comprensión que no necesité levantar la voz ni dar rienda suelta a la ira que había ido acumulando a lo largo del día. La conversación fluyó amigablemente y mi reclamación quedo solucionada de manera rápida e impecable. Estaba sorprendido, pero lo mejor estaba por llegar…

Al salir a la calle sentí una gran necesidad de meterme en una Iglesia que hay allí al lado. Al entrar en ella noté la agradable sensación de quedarme aislado del bullicio exterior, lo que me permitiría reposar unos pocos minutos en silencio. Lo necesitaba. Era un remanso de paz, como un oasis en medio del desierto. La iglesia estaba en penumbra y apenas había fieles por allí. Me senté en un banco de la parte de atrás y me puse a meditar lo que acababa de sucederme dándole gracias a Dios por haber hecho una vez más las cosas más fáciles para mí.

Le estaba dando vueltas y vueltas a la cabeza y en como muchas veces mi carácter, que se muestra tan agrio y a menudo soberbio, vanidoso y egoísta, puede llegar a afectar a mi vida diaria y cómo puede llegar a hacer tanto daño a los que me rodean. En ese mismo momento apareció por allí un sacerdote mayor (de los de sotana), bajito y con cara de bonachón que al abrir la puerta de uno de los confesionarios me dijo —¿Quieres confesarte? Así lo hice. Allí dentro del confesionario aquel hombre santo escogido por Dios, que había aparecido justo en aquel momento, me dio una maravillosa lección sobre lo que es la humildad, la misericordia y la paciencia y de como debería mostrarme más tolerante y entregarme con mucho más amor a los demás en vez de buscar el enfrentamiento y la confrontación, por mucho dolor que me causasen o me hicieran sufrir. Al salir del confesionario empezaba la Santa Misa y decidí quedarme. Casualmente el Señor a través del Evangelio de ese día me recordaba: «por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te fuerce a andar una milla, vete con él dos». (Mateo 5, 39-41)

Ya veis, entré en esa iglesia para estar tan sólo unos pocos minutos y estuve allí más de hora y media. Al salir me sentía feliz, en estado de Gracia y con la llama de mi alma avivada una vez más por un soplo de aire del Espíritu Santo. Lo que había empezado como un mal día acabó siendo un gran día. Dios me había sorprendido una vez más cambiando los renglones de mi vida…

Y tú ¿Te dejas sorprender por Dios?
Pídele a Dios que nunca deje de sorprenderte.


«¡Déjate sorprender por Dios! No le tengas miedo a las sorpresas»
(Papa Francisco – Manila 2015)


*Nombre ficticio.

foto: cathopic

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