Dios me rescató y ¡me volví un intolerante!

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Estos días estoy leyendo un libro de Monseñor José Ignacio Munilla titulado «Dios te quiere feliz» (Colección: Mundo y cristianismo – Editorial Palabra). En él hay un capítulo dedicado a la Misericordia y allí me llamó la atención un párrafo que hasta podría pasar desapercibido entre tanta buena información si no fuera porque está escrito como si me lo hubiera dedicado a mí personalmente, como si me estuviese dando un toque de atención, como si me conociese de toda la vida. He alucinado y lo quería compartir con todos vosotros. Dice así:

«Un último peligro del que me parece importante alertar es el de volverse INTOLERANTE después de haber sido rescatado por la misericordia de Dios. Podríamos compararlo con el ex fumador que se impacienta con los que fuman. A ese se le podría argumentar: «Oye, tú estabas fumando hasta antes de ayer. Ahora no puedes ser un talibán contra el tabaco, puesto que hemos estado respirando tus humos durante mucho tiempo». La paciencia es un signo de la auténtica misericordia: ten mucha paciencia con los que siguen sin ser rescatados, porque Dios la ha tenido contigo».

¡Vaya! —Me dije tras leerlo —Si es que me acaba de retratar —Pensé.

Como algunos ya sabréis a raíz de mi paso por Emaús inicié mi particular camino de conversión que a día de hoy continúa. Un camino feliz, sorprendente, novedoso, lleno de satisfacciones y alegrías, como no podía ser de otra manera desde el mismo momento en que pude experimentar la divina misericordia y el inmenso amor que Dios puede llegar a manifestar por una criatura tan imperfecta y débil como soy yo. Como bien dice el Obispo Munilla yo sí fui en su día felizmente “rescatado” por el Señor, y tal como advierte, caí en la más absoluta intolerancia hacia los que me rodeaban.

Me volví un verdadero talibán contra la gente que no compartía mi nueva vida o que ni tan siquiera se interesaba lo más mínimo por mi cambio radical. Intenté introducir, con calzador si hacía falta, a Dios en mi casa, entre mi familia, mis amigos o conocidos. Quise pasar de 0 a 1.000 kms por hora en tan solo un segundo y pretendía que todos siguiesen mi vertiginosa velocidad y ritmo desenfrenado. No podía entender que nadie cayese de rodillas deslumbrado ante mi nuevo yo, se convirtiese automáticamente o me acompañase en este maravilloso camino de la fe recién recuperada. Me enfurecía y entristecía, me negaba a aceptarlo y seguía insistiendo. Hice sin duda mucho daño a gente muy cercana a mi que incluso en un momento dado ya no llegó ni a reconocerme, y también fui apartando de mi lado otros que no se tomaban en serio mi nueva vida. Hasta debo deciros que llegó un momento en que envidiaba con verdadera ofuscación a hermanos míos que tienen a toda su familia compartiendo con ellos su amor a Dios, Jesucristo y a María. Lo reconozco con dolor, pero es la verdad, me volví un integrista intolerante y vanidoso contra todos los que no comulgaban conmigo en mi nueva vida.

Ahora ya lo he entendido y la verdad es que últimamente he hecho muchos progresos en este aspecto. Tal como dice Monseñor en su escrito debería mostrarme inmensamente misericordioso a través de ser infinitamente paciente con las personas que me rodean y que no han tenido todavía la inmensa fortuna de haber sido “rescatados” por Dios como lo fui yo en su día. Ya se ha dicho un millón de veces: los tiempos del Señor no son los nuestros, por mucho que yo me empeñe en ello. Porque la verdad, si alguien hubo que siempre fue inmensamente paciente conmigo ese fue mi amado Dios, y aún así llegó mi momento cuando Él lo decidió, ni antes ni después. Y la verdad es que Munilla no es el primero que me lo dice. Hace no mucho un hermano de Emaús ya me hizo reflexionar sobre la Misericordia que debería mostrar ante los que sufren por esta y otras causas. Ya os lo conté en su día. Decididamente algo estaba haciendo mal.

Debería serenarme y dejar de una vez por todas que Dios haga su trabajo, cuando y como quiera, y yo haré el mío que en este caso es rezar mucho por estas personas y darles mucho pero que mucho amor. Y lo que tenga que ser será… eso si, cuando Él lo decida, no yo. Al fin y al cabo es su voluntad la que prevalece, no la mía.

Y a los que tanto daño os he causado con mi intolerancia e impaciencia os pido humildemente perdón de todo corazón.


«Nada te turbe,
nada te espante, 
todo se pasa,
Dios no se muda;
la paciencia
todo lo alcanza;
quien a Dios tiene
nada le falta:
Sólo Dios basta».
(Santa Teresa de Jesús)


foto: Francisco Moreno
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