En Emaús somos muy de abrazarnos

Hay algo que nos distingue a los “Hermanos” de Emaús y que llama mucho la atención a los que nos desconocen, incluso aún cuando nos conocen les sigue sorprendiendo. Es el abrazo. Y es que en Emaús somos muy dados a demostrar entre nosotros y con otras personas nuestro amor recíproco y nuestra comunión en Cristo con este sencillo gesto. Personalmente descubrí el valor del abrazo cuando ‘caminé’ ahora hace ya más de dos años. No es simplemente una manera cariñosa como cualquier otra de saludarse (que también lo es) o de rememorar el saludo que a bien seguro se daban entre ellos Jesús y sus discípulos. Es un sencillo gesto que muchas veces encierra mucho más.

El abrazo es un bellísimo gesto de absoluta generosidad entre hermanos. A la persona que abrazamos le estamos manifestando nuestra absoluta incondicional entrega y es la máxima expresión de nuestro amor fraternal sin importarnos nuestro pasado ni nuestro presente. No somos nadie para juzgar ni exigir explicaciones al prójimo, eso es tarea de Dios. Nosotros nos aceptamos tal como somos, con nuestras miserias y debilidades, con nuestras virtudes y nuestras fortalezas. Con este abrazo de generosidad dejamos de lado los respetos humanos que pueden separarnos para unirnos fraternalmente y compartir un destino común. Es sin duda un gesto humilde, alegre y cargado de sinceridad ya que exige que nos despojemos de cualquier atisbo de vanidad y soberbia. Con el abrazo nos abajamos y nos ponemos todos al mismo nivel: el de hijos predilectos de Dios.

El abrazo es también un acto de agradecimiento. No hay nada más reconfortante que abrazar agradecido al ‘hermano’ que ha demostrado su entrega absoluta por uno, ya sea con su ayuda, su consejo, su servicio, su testimonio o su oración de intercesión. Como unidad fraternal, en Emaús, la entrega total hacia el prójimo es (o debería ser) una forma de vida. Al igual que Jesús, los de Emaús somos muy de servir y no de ser servidos, y la manifestación más explícita de demostrar nuestro agradecimiento al ‘hermano’ es a través del abrazo.

Un abrazo es también perdónconsuelo y refugio ¿Cuantas veces una situación nos ha desbordado absolutamente y nos ha angustiado y necesitamos que alguien nos anime y nos de fuerzas? ¿Cuantas veces nos hemos arrepentido de algo que hemos hecho mal? O simplemente ¿Cuantas veces hemos necesitado que alguien nos apoye o anime en un momento de desazón, tribulación o desesperación en el que nos sentimos absolutamente perdidos?… ¡Qué bien nos viene entonces el abrazo reparador, sanador y consolador de un ‘hermano’!

Pero sobre todo el abrazo es humildad. Es demostrar al ‘hermano’ que al abrazarle lo hacemos simplemente porque nos hace felices y nos alegra. Con el no esperamos nada a cambio. No es un abrazo que espera una recompensa, muy al contrario, es un abrazo desinteresado ya que entendemos que si hoy abrazamos a un ‘hermano’ porque lo necesita es porque quizás otro día pueda ser yo el que necesite el abrazo de un ‘hermano’. El abrazo no es paternalista ni interesado, se fundamenta en la humildad y la sinceridad que nos hace a todos iguales.

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No dejo de imaginar como será el día que me encuentre por fin contigo mi buen Jesús, cara a cara. En lo espectacular y maravilloso que será el abrazo que nos demos los dos. También he pensado en alguna ocasión como me hubiera gustado poder abrazarte con la ternura y el amor de los ‘hermanos’ cuando orabas por mi en Getsemaní o cuando todos te humillábamos y pedíamos a gritos tu crucifixión ¡Cuanto necesitabas nuestros abrazos y no te los supimos dar! Tú en cambio siempre nos estás esperando con los brazos abiertos dispuesto a abrazarnos con amor.

Debo confesaros que algunas veces en que lo necesitaba de veras algún ‘hermano’ me ha llegado a abrazar con una intensidad y un amor tan inmenso y sincero que he llegado a sentir que era el mismo Jesús el que me estaba abrazando en ese momento y ha sido una verdadera pasada.

¡Pues imaginad ese abrazo multiplicado por mil! Qué digo mil ¡Por un millón!

¡Jesús, mi buen Jesús! ¡Cuanto deseo tu abrazo y descansar en tus brazos!


Te cubrirá con sus plumas,
bajo sus alas encontrarás refugio:
su fidelidad es escudo y coraza.
No tendrás miedo del terror en la noche,
ni de la flecha que vuela de día;
ni de la peste que se propaga en tinieblas,
ni del azote que devasta a pleno día.
(Salmos, 91, 4-6)


foto: Pablo Heimplatz

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