El Camino de Santiago, una alegoría de la vida

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Campos de Castilla en el Camino de Santiago (Provincia de León) – 2012 – Foto del autor

Como si fuera la primera vez.

Cuando leas esta entrada, si Dios quiere estaré caminando por páramos castellanos, concretamente por tierras Leonesas haciendo un tramo del Camino de Santiago. Como cada año, desde el 2010, mi esposa y yo hacemos un tramo del Camino. Ya lo completamos una vez y ahora estamos haciéndolo por segunda vez. Nuestros pies llevarán ya andados más de 1.600 Km durante estos 10 años, y la verdad es que cada año cogemos esta semana con auténtica ilusión, como si fuera la primera vez. Como supongo que las fuerzas no me lo permitirán esos días, dejo escrita esta reflexión antes de partir hacia el camino de las estrellas.

Una alegoría de la vida.

El ‘Camino’, como ya sabréis, es ciertamente un peregrinaje hacia la tumba del Apóstol Santiago pero también una experiencia vital que es una alegoría de nuestra propia vida. Tiene un nacimiento prometedor donde todo es entusiasmo, ilusión y energía, pero a medida que pasan los kilómetros empiezan a surgir esos momentos que van jalonando el camino: el dolor físico y mental, los desengaños y las alegrías, la belleza y la fealdad, la euforia y la desesperación, el cansancio y el reposo, el bullicio y el silencio, el hambre y la sed, el frío y el calor, etc… Hasta que llega el día en que el peregrino, que está ya completamente exhausto, llega a la última etapa y desde lo alto del Monte do Gozo en la lejanía divisa por fin las agujas de la Catedral de Santiago de Compostela. Entonces este anda ligero y veloz por sus calles al encuentro del tan ansiado abrazo del apóstol y encuentra por fin el merecido y prometido reposo así como la sanación física y espiritual tan deseada durante el Camino. Uno hace balance de lo recorrido y se siente por fin merecedor de tan inmensa gloria.

La vida misma del cristiano es como hacer El Camino.

Desde nuestro nacimiento y a lo largo de nuestra vida ¿Cuantas veces no nos irán sucediendo circunstancias que marcarán para bien o para mal nuestro ‘caminar’? Cirunstancias que nos desviarán, nos encaminarán de nuevo, nos detendrán, nos harán avanzar, retroceder o incluso llegar a abandonar. La vida misma del cristiano es como hacer el Camino.

Yo personalmente identifico este ‘camino’ como mi propia vida. El nacer a la vida es su inicio. Con el primer soplo de oxígeno entrando en mis pulmones (Dios me da la vida) mi cuerpo se pone en marcha con energía. Por delante cientos de kilómetros (toda una vida) en los cuales no se que me deparará este viaje, pero sí que nada mas empezar, y a medida que pasan los primeros kilómetros (años de vida), voy adquiriendo conciencia por mi mismo y por lo que me cuentan otros peregrinos con los que me voy encontrando (padres, educadores, sacerdotes, catequistas…) de qué es lo que me espera al final del camino (la salvación). Y este final, está en un magnífico lugar (el cielo). Mi mochila (mi alma) está cargada de víveres que me ayudarán a avanzar con energía (Espíritu Santo) desde el mismo momento de mi partida (bautismo). Al principio todo va bien, como peregrino voy creciendo, voy cogiendo fuerzas, voy bien alimentado, voy bien orientado y sigo la ruta correcta. Empiezan a pasar las etapas (los años) y me voy encontrando con un sinfín de desvíos y cruces en los cuales debo decidir por donde debo continuar (o el bien o el mal). Decisiones personales que harán que mi caminar siga la ruta correcta marcada desde el principio para mi (virtud) o se desvíe irremediablemente (pecado) poniendo en riesgo el llegar al tan ansiado final.

En principio el Camino (mi vida) puede parecer sencillo, no tiene pérdida, es cuestión tan sólo de seguir fielmente las marcas, instrucciones y guías dejadas por otros peregrinos (los profetas, Jesús, los apóstoles, las escrituras, etc…) y dejarse aconsejar también por peregrinos más experimentados que voy encontrando y que caminan junto a mi (El Papa, los sacerdotes, mis hermanos de Emaús, etc) o incluso por los que ya han caminado en otra ocasión y han conseguido llegar a la meta final con éxito (Santos/as). Aunque eso si, debo prestar mucha atención ya que como en todos lados me voy encontrando con algún mal peregrino (el diablo) que me da una mala indicación a sabiendas para desviarme del camino, ofreciéndome un atajo mucho mejor, mucho más fácil y supuestamente más placentero. Incluso puede llegar a ser muy habitual llegar a encontrarme marcas y señales falsas (tentaciones) que me hagan tomar mal algún un cruce o desvío haciéndome perder la buena dirección (pecado). Cuantos más malos cruces y desvíos vaya tomando más me ire alejando del camino original único y más me acercaré a un final de camino nada deseado (Infierno).

A todo esto además tendré que mantenerme fuerte e hidratarme y alimentarme correctamente (oración y sacramentos) para poder afrontar con total garantías otras muchas circunstancias internas y externas que me pueden debilitar físicamente y moralmente y hacer perder la buena dirección, e incluso plantearme el abandono, como serían: el cansancio, el frío, el calor, la oscuridad, la soledad, el hambre, la sed, la lluvia, el viento…

Recuerda, al fondo de la mochila encontrarás el éxito.

Uno de los secretos para finalizar con éxito el Camino (la vida) es dejarse acompañar por alguien que conozca perfectamente el camino (Jesús) para que nos sirva de ejemplo y podamos aprender de él. También el compartir el viaje con otros peregrinos experimentados que estén siempre dispuestos a echarnos una mano en caso de dudas y desfallecimiento (la Virgen María, San José, nuestro ángel custodio y los Santos). Hay muchos os lo aseguro. Y sin duda alguna confiar plenamente en ellos e incluso dejarse llevar por ellos. Otro de los secretos para conseguir al tan ansiado final es el saber rectificar a tiempo de todos nuestros errores y decisiones equivocadas y aprovechar para descansar, aliviar peso innecesario, sanar nuestras heridas (la penitencia) para poder volver a la senda original y única con fuerzas renovadas. Da igual cuantas veces nos equivoquemos o fallemos en nuestro camino, siempre estamos a tiempo de rectificar, las veces que sea. Todo tiene solución.

Y aún así, cuando nos sintamos realmente agotados, tristes, dubitativos, hambrientos y sedientos y nos sintamos terriblemente abandonados, perdidos y parezca que la vida ya no nos da para más, entonces será el momento de echar mano de algo que llevamos desde el principio del camino guardado muy al fondo de nuestra mochila y que seguramente ya hemos olvidado ¿recordáis a qué me refiero?… ¡El Espíritu Santo! Echad mano de Él. Él es energía pura, es alimento y bebida, es sanación y descanso, es calor ante el frío y frío ante el calor, es brújula ante la desorientación, es aliento ante el esfuerzo, es luz ante la oscuridad, es aire ante la asfixia… lo es todo para los que peregrinamos por el camino de la vida.

¡Buen Camino peregrino! ¡Feliz Camino de las Estrellas!


Enséñame, Señor, tu camino,
para que ande en tu fidelidad.
Haz que mi corazón sea sencillo,
para que tema tu Nombre.
Te daré gracias de todo corazón, Señor, Dios mío,
y glorificaré tu Nombre por siempre.
Pues tu misericordia es grande conmigo
has librado mi alma del sheol profundo.
(Salmo 86, 11-13)


 

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