Mis ojos eran incapaces de reconocerle

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La Resurrección (Carmelo Puzzolo) – Monte Krizevac (Medjugorje) – Foto del autor

¡Jesucristo a resucitado! ¡En verdad ha resucitado!

Qué maravilla y cuanta alegría. Tal como estaba escrito la Semana Santa culminó el pasado domingo con tu gloriosa resurrección. Tu, que humildemente te entregaste por nuestros pecados a tu dolorosa pasión, has vuelto para quedarte entre nosotros y para que seamos nosotros ahora los que nos entreguemos a ti en cuerpo y alma ¿Acaso se puede pedir más? ¡Aleluya, aleluya, aleluya!

Pero es que además del inmenso gozo por la resurrección de Nuestro Señor para mi hoy hay un doble motivo de inmensa alegría. Por un lado es como si hoy celebrara mi cumpleaños. Este 24 de abril, se cumplen exactamente dos años desde que ‘caminé’ en Emaús; dos años de aquel inolvidable fin de semana en que mi corazón ardió mientras Él caminaba junto a mi; dos años de mi reencuentro con el Padre y el inicio de mi camino de conversión, en definitiva dos años de mi particular resurrección a la Vida. Y como segundo motivo de alegría el que en un día tan especial para mi precisamente la lectura del Evangelio de hoy sea el pasaje de los “Discípulos de Emaús” (Lucas 24, 13-35) donde a dos discípulos entristecidos tras la muerte de Jesús que caminan hacia Emaús se les aparece el mismo Cristo resucitado, y se pone a caminar con ellos «aunque sus ojos eran incapaces de reconocerle».

El Espíritu Santo me hizo, por medio de otras personas, el mayor obsequio que en aquel momento podía yo aspirar a recibir. Un obsequio, y quien me lo iba a decir, que cambiaría mi vida por completo. Fue el darme la posibilidad, cuando más lo necesitaba, de ‘caminar’ junto a sus discípulos para acabar reconociéndole yo también a mi lado a pesar de que había estado tan ciego que durante muchos años, quizás demasiados, fui incapaz de reconocerle. A mi sí se me abrieron los ojos aquel día de abril y pude ver su luz. Me sentí perdonado, amado, querido, abrazado, sanado… Fue tan maravilloso nuestro encuentro que aún hoy una profunda emoción invade mi corazón cuando revivo aquellos momentos vividos tan intensamente. Aquel fin de semana de abril realmente mi corazón también ardió dentro de mi mientras me hablabas, como les sucedió a aquellos discípulos que iban apesadumbrados camino de Emaús. Ese feliz día, mi Señor, fue mi resurrección a la vida y por ello sólo puedo estarte inmensamente agradecido. Me diste tanto tanto amor que por siempre te estaré agradecido ¡Vaya regalo de día! y por favor ¡Quédate con nosotros!


«Y mientras comentaban y discutían, el propio Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos, aunque sus ojos eran incapaces de reconocerle». (Lucas 24, 15-16)


foto: cathopic

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