Dios no estaba en casa

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A veces cuando miro hacia atrás y retrocedo hasta mi infancia recuerdo que ciertamente en casa sí existía una cierta práctica religiosa. Asistir a misa los sábados por la noche o los domingos era una costumbre habitual, así como la de celebrar fechas claves como puede ser la navidad o la Semana Santa. Y también es cierto que mis padres apostaron por una enseñanza confesional para mi y mis hermanos. Así mismo recuerdo que hacer la Primera Comunión en casa era todo un acontecimiento y en casa era muy esperado por nosotros ya que se celebraba por todo lo alto. Eso sí, por todo lo alto desde un punto de vista social y no tanto espiritual. Comulgar por primera vez era lo de menos, el festejo era lo mas importante. Incluso ahora recuerdo con agrado y cierta nostalgia algunas tardes pasadas en la parroquia con otros niños del barrio. Allí los curas nos pasaban algunas películas de las de antes, del ‘Zorro’ o de ‘vaqueros’, en blanco y negro claro. Recuerdo también algunas excursiones sabatinas por los alrededores del pueblo con el Padre Alberto (creo que así se llamaba). Hasta aquí nada diferente a lo que era habitual en muchas de las familias de nuestro entorno por aquel entonces.

Mientras duró nuestra vida escolar más elemental, hasta los 14 o 15 años más o menos, nuestra espiritualidad, digamos algo infantil, siguió acomodaba a esta práctica en cierta manera rutinaria que venía muy marcada por la educación que recibíamos en nuestros respectivos colegios y en la práctica semanal que nos venía impuesta por nuestros padres. Pero fuimos creciendo y aquello cambió por completo. No sabría situar exactamente el momento de cuando empezó el abandono de la práctica religiosa en casa y nuestro distanciamiento de la Iglesia. Ahora con la perspectiva de los años lo pienso y me pregunto el porqué. Supongo que debe ser una consecuencia de la confluencia de diferentes aspectos: La pubertad y posterior adolescencia, con todo lo que estas fases traen consigo; el nacer a la sexualidad al empezar a salir en cuadrillas donde nos juntábamos chicas y chicos; el feliz descubrimiento de la libertad y la rebeldía; unos padres siempre muy ocupados, en el trabajo en el caso de mi padre y en casa en el caso de mi madre, etc. No se, supongo que, como os comentaba antes, fue una combinación de muchos factores. Pero hay una cosa que si tengo muy clara y suelo reflexionar mucho sobre ella y no quiero en ningún caso que se entienda como un reproche ni a mis padres ni mucho menos al Señor que me han dado todo lo que soy, pero la verdad es que creo que Dios no estaba en casa.

Es un decir ya que evidentemente Dios es omnipresente y siempre estuvo a nuestro lado, ahora lo se. Pero cuando digo que “Dios no estaba en casa” me refiero a que nunca tuvimos la conciencia ni la certeza de que era uno más de la familia. Creo que no supimos reconocerle a nuestro lado. Mis padres nunca nos hablaban de Dios, nosotros no hablábamos de Dios entre nosotros ni con nuestros padres. Dios no formaba parte de nuestras vidas, de nuestros juegos, de nuestras peleas, de nuestras tareas, en definitiva de nuestras vidas. Para nosotros Dios ‘vivía’ en la parroquia y como mucho lo visitábamos los domingos como una obligación muchas veces insufrible, luego ya ni eso. A Dios lo dejábamos fuera de casa, no tenía ningún interés para nosotros, había muchas cosas más interesantes y supuestamente más importantes que Él. En definitiva, en casa no se transmitió nunca la Fe, la palabra y mucho menos el valor de la Oración. Al alcanzar la mayoría de edad, al menos en mi caso, Dios se desvaneció… Aunque para ser justo debería decir que fui yo quien lo apartó de mi lado.

Hoy esto lo veo entre mis ‘hermanos’ de Emaús. Algunos de ellos pertenecen a familias donde sí hubo un cuidado y un interés especial por transmitir la Fe por parte de los padres. Son familias donde desde bien pequeños aprendieron que Dios era uno más en casa, un miembro más de la familia, una persona en la que confiar plenamente. Familias en donde sí se hablaba de Dios, Jesús o la Virgen María porque formaban parte de sus vidas y participaban de ellas como un miembro activo más. Y hoy estos mismos ‘hermanos’ transmiten a su vez lo mismo a sus hijos. En mi familia esto se perdió y hoy, que tengo mi propia familia, me arrepiento muchas veces de no haber sabido transmitir a mis hijos, hoy ya adultos, la Fe y haberles hecho entender que Dios era uno más de la familia. Ahora intento hacerlo, y quien sabe, igual aún estoy a tiempo de conseguirlo.

Y todo esto sucedía en aquellos años donde no existía ni Internet, ni los smartphones, ni las vídeo consolas, ni las plataformas audiovisuales y tan sólo había dos canales de televisión. Imaginad qué complicado es hoy en día transmitir a unos hijos la Fe o la presencia de Dios dentro del hogar con el fácil acceso que tienen todos los miembros de las familias a todos estos medios y los millones de atractivos y adictivos ‘inputs que estos generan. Debemos darnos cuenta de que si dejamos a Dios fuera de nuestro hogar entrarán en el todo tipo de falsos ídolos que acabarán por desunirla, destruirla y deshumanizarla. Es entonces cuando nos sentiremos más perdidos, más abandonados y más solos que nunca a pesar de creer que lo tenemos todo. La lucha por mantener vivo y presente a Dios dentro del hogar es titánica hoy en día. No debemos desfallecer y deberíamos decirle siempre al Señor: ¡Entra de nuevo en nuestras vidas y forma parte de ellas! ¡Te necesitamos! ¡Deja que tu Espíritu Santo inunde nuestro hogar!


 

«Que estas palabras que yo te dicto hoy estén en tu corazón. Las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando estés sentado en casa y al ir de camino, al acostarte y al levantarte. Las atarás a tu mano como un signo, servirán de recordatorio ante tus ojos. Las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portones». (Deuteronomio 6, 6 – 9)

foto: cathopic

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