Llegó mi tiempo de renovación

cuaresma_desierto

Con el miércoles de ceniza llegó la Cuaresma y con ella un periodo fundamental donde los católicos como preparación para la Pascua seguimos el ejemplo de Cristo en su retiro de 40 días en el desierto y rememoramos al pueblo de Israel en su travesía de 40 años por el desierto hasta alcanzar la Tierra Prometida. Es un periodo de tiempo donde la Iglesia nos recomienda intensificar la oración, practicar la penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la caridad como preparación para participar con toda plenitud de la fiesta más grande del año para nosotros: la Resurrección del Señor.

Hasta aquí todo perfecto pero en mi caso particular ¿Qué significa esta Cuaresma? Para mi la Cuaresma, y en especial esta de 2019, significa que llegó mi tiempo de renovación profunda ¿Y por qué? Pues sencillamente por que creo que mi fe actualmente necesita urgentemente pasar por un proceso importante de revisión.

Cuando ‘caminé’ en Emaús, ahora hace casi dos años, mi vida dio un giro absoluto al tener una profunda conversión. Pero no nos engañemos, esta conversión no es instantánea, digamos que ocurre y ya está ya estoy convertido, ni mucho menos. La conversión desde el mismo momento en que se inicia es un largo proceso de crecimiento interior que durará toda nuestra vida y que deberemos alimentar convenientemente para aportarle los nutrientes necesarios. El ejemplo más ilustrativo es el de una llama. La llama si no es convenientemente protegida queda a merced de los fenómenos ambientales externos que provocarán su rápido apagado; de la misma manera que si no le aportamos el combustible necesario perderá intensidad, calor y acabará apagándose.

Al principio mi ‘llama’ era de una intensidad espectacular. Los primeros meses estaba tan eufórico y feliz que incluso os diré que hasta padecía una cierta ansiedad ya que tenía sensación de que me faltaban horas para poder hacer todo lo que quería hacer. Era como si quisiera recuperar en pocos días todo los años ‘perdidos’ alejado de Dios. Empecé a asistir con asiduidad a la Santa Misa y fui adquiriendo la costumbre del rezo diario del Santo Rosario o la de acudir a las adoraciones eucarísticas semanales. Recuperé todas las oraciones de mi infancia perdidas en mi memoria, las memoricé de nuevo y profundicé en la Oración. Practicaba con cierta regularidad el sacramento de la penitencia y a diario leía las Escrituras, además todo tipo de libros de teología y vida de santos. Me encantaba servir a los demás y practicar la caridad. Al año y pocos meses incluso participé en mi primera peregrinación, en este caso a Medjugorje. Fue un año de vértigo y de una intensidad espectacular y me sentía profundamente feliz y agradecido por esta nueva oportunidad, por este renacer y por volver a estar al lado del Señor…

Pero los meses van pasando y la euforia inicial se fue convirtiendo en rutina. Ya me habían avisado de que esto podía sucederme; que la ‘llama’ perdería intensidad y que quedaría incluso a merced de las inclemencias ambientales si bajaba la guardia. Hoy puedo aseguraros que sigo andando mi camino de conversión con convicción pero noto que la intensidad de mis pasos ya no es la misma. Nadie dijo que sería un camino fácil y así ha sido. Han ido saliendo a mi paso diversos obstáculos que en ocasiones me han obligado a dudar o me han hecho abandonar las buenas costumbres adquiridas meses atrás. El camino es largo y muchas veces se nos puede hacer monótono y aburrido si no sabemos dosificar correctamente nuestros esfuerzos. Es una carrera de fondo, no de velocidad, y ahora veo que salí con demasiado ímpetu y empiezan a fallarme las fuerzas. Este desaliento en mi caso se ha traducido en un progresivo abandono de algunas prácticas que ya eran habituales en mi día a día. Empiezo a faltar algunos días a misa, el rezo del Rosario deja de ser diario, la asistencia a las adoraciones deja de ser tan regular, La confesiones se van espaciando, la Biblia la tengo olvidada, la oración deja de ser intensa y profunda, etc, etc.

Por eso creo que estos 40 días que ahora se inician son días muy apropiados para que en cierta manera me retire solo al ‘desierto’ como hizo mi amado Jesucristo y haga allí mi propia cuaresma para preparar la Pascua. Que sea mi tiempo de renovación y de restauración. Quiero que estos días sean días para hacer un ‘reset‘ en mi vida e iniciar una ‘nueva conversión’. Una conversión donde necesito serenarme, poner orden en mi vida otra vez y profundizar más sosegadamente en mi fe con la ayuda de Dios. Es tiempo de revisar y corregir el camino y de plantearse abandonar mi antiguo yo por un nuevo yo. Es afrontar un nuevo renacer en Dios a través de la penitencia, la oración profunda y sincera y en el servicio hacia los demás por medio de la caridad. Dejar de hacer las cosas por rutina y hacerlas por convencimiento, sintiendo que todo lo que hago es un regalo fruto del amor y el cariño de Dios. Y como hizo Jesús en el desierto, orar pidiéndole a Dios que abra mi corazón hacia los demás, que me haga más generoso y humilde y para que me aparte de esta monotonía que lo único que consigue es apartarme de Él.


 

«La Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquél que es la fuente de la misericordia. Es una peregrinación en la que Él mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza» (Papa Benedicto XVI)

 

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