Con Dios por accidente

«Padre mío, me abandono a Ti
Haz de mí lo que quieras.
Lo que hagas de mí te lo agradezco…»

Veo las estrellas allá en lo alto entre los edificios, el ruido del tráfico a mi alrededor suena amortiguado en mi cabeza, estoy boca arriba y me duele mucho el hombro, giro ligeramente la cabeza y allá, a dos metros de mi veo mi moto tumbada en el suelo…

«estoy dispuesto a todo, lo acepto todo,
con tal de que Tu voluntad se haga en mí
y en todas tus criaturas…»

–No te muevas– me dice un hombre. –¿Quieres que llame a una ambulancia?– me dice una mujer… Asiento mientras veo sus caras a través de la abertura del casco, no me dejan ver las estrellas. Pienso en mi esposa, en mis hijos, en mis padres…

«No deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en Tus manos. Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón, porque te amo…»

Oigo sirenas, creo que llega la policía –La ambulancia está en camino– Me dice un agente. A pesar de todo estoy tranquilo y sereno. Sé que estoy en muy buenas manos en todos los sentidos. Finamente llega la ambulancia y acabo de rezar:

«y porque para mí amarte es darme,
es entregarme en tus manos sin medida,
con infinita confianza, porque Tú eres mi Padre».

Me hacen un reconocimiento rápido, me suben a una camilla y con ella a la ambulancia. Me ponen una vía mientras me hacen muchas preguntas. Les pido que me dejen llamar a mi esposa y así lo hago. Dicen que me llevan al ‘Clínico’, arrancamos, oigo la sirena. Ahora ya no siento dolor, no siento nada, sólo mucha paz. Cierro los ojos y me duermo…


 

El pasado 5 de febrero tuve un accidente de moto cuando iba a la adoración semanal que organiza Emaús. Definitivamente todo parecía indicar que ese día estar con el Señor no iba a ser posible. Un coche repentinamente se había interpuesto entre Él y yo. Sorprendentemente, y quien me lo iba a decir, esa tarde noche fue una de las que más cerca he estado de Él y donde más he notado su presencia y amor.

Aunque os parezca mentira, desde el mismo momento en que caí al suelo y fui consciente de lo que acababa de ocurrirme, lo primero que hice es ponerme a rezar. Es más me puse a rezar la oración del ‘Padre mío’, también conocida como ‘Oración del abandono’, una de mis oraciones favoritas y que suelo rezar a diario desde aquel día en que entendí que debía abandonarme siempre a su voluntad como ya os expliqué en un post anterior.

Un día un amigo me dijo: –En la fragilidad y el dolor nos acercamos más a Dios– Tenía toda la razón. Os puedo asegurar que aquel día noté a Dios muy cerca de mi. Desde los sanitarios de la ambulancia, los policías, los peatones que se quedaron junto a mi, los médicos, enfermeras, personal auxiliar, tú ‘hermano’, que viniste a verme y a apoyar a mi familia, y como no, en mi esposa e hijos, en todos vosotros pude ver el rostro de Jesús. Lo vi en vuestros ojos, en vuestra mirada, en vuestras palabras de aliento y consuelo, en el cariño con el que me tratabais. Estaba dolorido, angustiado y con el susto en el cuerpo, es cierto, pero debo deciros también y os parecerá extraño, estaba inmensamente feliz y agradecido.

Mientras estaba en observación en la unidad de urgencias miraba a mi alrededor y veía a personas en camillas y sillas de ruedas, jóvenes, ancianos y niños. Algunos estaban acompañados otros estaban solos. Oía sus lamentos, sentía su angustia, compartía con ellos su dolor… y le pedía a Jesús y su madre María que los consolaran, que los acariciaran, que les acompañaran en su sufrimiento como hacían conmigo. Se que estaban entre nosotros, a nuestro lado.

Saberse en buenas manos en todos los sentidos es fantástico y ciertamente, como me decía un ‘hermano’, es en la fragilidad cuando mas nos acercamos a Dios. En este caso un desgraciado accidente quebrantaba mi clavícula y mi confortable y acomodada vida espiritual, hacía saltar todas las alarmas y servía para que me agarrase con fuerza y me abandonase con confianza absoluta al Señor anhelando su abrazo protector. Ahora, unos días después y tras revivir mentalmente aquella tarde tan especial, he entendido que cada día de mi vida debo acercarme todo lo que pueda a Dios, aprovecharme de tenerlo conmigo, darle gracias por todo lo que soy y vivir mi vida sabiendo que está junto a mí y que nunca me abandonará, pase lo que pase. En definitiva que no hace falta esperar a que ocurra un hecho inesperado que trastoque nuestras vidas para acercarnos a Dios con fuerza para decirle «Padre mío, me abandono a Ti», hagámoslo cada día del resto de nuestras vidas y dejemos que se haga su voluntad.

Gracias Señor por estar junto a mí cuando más te necesito, aunque muchas veces estoy tan ciego que soy incapaz de reconocerte a mi lado.


 

«Hijo, si te acercas a servir al Señor prepara tu alma para la prueba. Endereza tu corazón y sufre con paciencia, y no te inquietes cuando persiste la adversidad. Únete a Él y no te separes, para que seas enaltecido al final de tu vida. Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, mantén ánimo grande en los reveses humillantes» (Eclesiastés 2, 1-4)

foto: Skitter Photo

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