¿Es que no tienes suficiente con lo que te doy?

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Señor tu mejor que nadie sabes que me he entregado en cuerpo y alma a ti y que ya hace algún tiempo decidí abandonarme a tu voluntad. No me arrepiento, es más, estoy convencido que sólo hay una manera de hacer las cosas y una sola manera de aceptar las cosas que me suceden en la vida. Esta manera es la que pasa por ti y sólo por ti.

Una de las cosas que a lo largo de este tiempo de conversión he aprendido es que la vida del cristiano hay que vivirla en presente, con una cierta perspectiva de futuro es cierto y es que es bueno ponerse objetivos y metas, pero eso sí siempre vivirla en presente. El pasado pasado está y ya no lo voy a poder cambiar. Ahí está, para reflexionar sobre él, sobre lo bueno y lo malo, valorando y agradeciendo todo lo bueno que me me has regalado y aceptando con total resignación, rectificando y aprendiendo con mucha humildad y arrepentimiento de todo lo malo que pude haber hecho. En definitiva pidiendo perdón y aprendiendo de los errores.

Por otro lado, y es obvio, el futuro es pura incógnita, no se que me espera mañana ni pasado ni el otro. El futuro es incertidumbre, pero también es esperanza. Evidentemente constantemente pienso en el futuro y hago planes llenos de esperanza, como por ejemplo el de conseguir participar del gozo de disfrutar de la eternidad junto a ti. No tendría ningún sentido que no fuera así, pero la cruda realidad es que ni tan siquiera se lo que me espera en el próximo segundo de mi vida. Sólo tú lo sabes, es así.

Esto me lleva a la conclusión de que lo verdaderamente importante en este camino de conversión y de vida cristiana es vivir el presente, el hoy. Vivir cada día como si fuera el primero y el último de mi vida, recordando mis errores del pasado y anhelando un futuro mejor. Y qué mejor manera que vivir el día a día que entregándome a Dios por entero, contar con su ayuda, confiar ciegamente en su voluntad y amarlo a él y a los demás sin desfallecer. De esta manera no se si conseguiré cumplir los objetivos y metas que me he planteado para mañana, pasado o el mes que viene, pero sabiendo que en caso de que no sea así, siempre tendré la esperanza de que mañana será un ‘nuevo hoy’. Así es como nos lo explica Jacques Philippe en su libro “La Libertad Interior” que leí hace poco y os recomiendo:

«Sin embargo, la experiencia me ha enseñado a ver las cosas de otra manera. Suelo decir en broma que la escalera hacia la perfección no tiene más que un peldaño: el que subo hoy. Sin preocuparme ni del pasado ni del futuro, hoy me decido a creer, hoy me decido a poner toda mi confianza en Dios, hoy elijo amar a Dios y al prójimo. E, independientemente del resultado de mis buenos propósitos, sean un éxito o un fracaso, al día siguiente —que es un nuevo hoy que me regala la paciencia divina— vuelvo a empezar. Y así incansablemente, sin intentar medir mis progresos y sin querer saber dónde me encuentro. Sin desanimarme por los reveses ni vanagloriarme de mis logros; sin contar únicamente con mis propias fuerzas, sino sólo con la fidelidad del Señor»¹.

Pero toda esta teoría es aparentemente muy sencilla, pero la realidad cotidiana a menudo es mucho más complicada. Y es así como muchas veces parece que el día se desarrolla de una manera muy positiva, lleno de energía y confianza hacia Dios y de repente ocurre un contratiempo (de familia, trabajo, salud…) que lo trastoca y parece que todo se derrumba a mi alrededor. Entonces en un arranque de soberbia y vanidad inaceptable te increpo ¿Por qué ahora esto? ¿Es que acaso no me merezco un trato mejor? ¿es que no tienes suficiente con lo que te doy? ¿Qué más esperas de mi?… Es terrible. Es cuando aparece este cáliz amargo, que surge mi yo más débil, aparece la desconfianza y la duda y olvido mi promesa de abandonarme a tu voluntad. Es cuando reaparecen los fantasmas del pasado, mis pecados y la sensación de abandono. Es cuando me invade una terrible sensación de que todos mis esfuerzos por llevar una vida mejor y acorde a tu voluntad son completamente estériles y no tienen justa recompensa. Me dejo llevar por la cólera y me enfado contigo injustamente, tú que me lo has dado todo y me lo has perdonado todo. Tú que siempre has estado a mi lado cuando más te he necesitado y que me has perdonado cuando te he fallado. Necio de mí olvido tu dulce misericordia y tu amor infinito y la tomo contigo ¡Que gran y terrible pecado! Es en estos momentos de frustración cuando soy vulnerable y siento como el mal me posee y me pone en contra tuya y de los que me rodean.

Pero aún así, con el paso de los días, cada vez me siento más fuerte y con más capacidad para superar y aceptar con humildad y mansedumbre estos obstáculos. En definitiva a ganar estas pequeñas batallas. Ahora tengo más recursos y noto como me ayudas a fortalecerme. Y es que no sé como (o quizás sí lo sé) estos ‘escalones’ en ‘la escalera hacia la perfección’ acaban por superarse de una u otra manera, y cada vez con más facilidad. Tu nunca me fallas a pesar de mis enfados, tu siempre estás donde y cuando te necesito. Te doy gracias Señor por hacer que cada día sea mejor que el anterior, y que el que está por llegar a bien seguro superará el pasado. Madre mía inmaculada, intercede por mi ante Dios nuestro Señor para que el Espíritu Santo habite en mi corazón y me ayude a vivir el día de hoy como si fuera el primero y último de mi vida.


BIBLIOGRAFÍA
¹Philippe, Jacques. “La libertad interior”

foto: Joshua Ness
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