Adorarte ante la más bella de las custodias

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Recuerdo un día que, tras un periodo vacacional, le comentaba a uno de mis hermanos de Emaús en Barcelona como me había costado mantener encendida la ‘llama’. Y es que en una gran ciudad todo es más fácil. Por ejemplo, asistir a misa diaria es sencillísimo, hay misas prácticamente a todas horas en las numerosas parroquias o iglesias de la ciudad. ¡Incluso hay Apps para el teléfono donde puede uno encontrar todos los horarios de misas! Y lo mismo ocurre si buscas confesor, grupos de oración o simplemente para rezar del Santo Rosario en comunidad. Es más si de repente sientes una gran necesidad de estar un ratito con el Señor, además del día de Adoración semanal que hacemos con los hermanos de Emaús, bastará con acudir a alguna de las capillas de adoración perpetua que hay en la ciudad (creo que ya son 4 en Barcelona…). La verdad es que mantener la ‘llama’ así no tiene demasiadas complicaciones, en cualquier lugar y momento es fácil encontrar ‘combustible’.

Pero ¿qué ocurre en vacaciones cuando pasas 15 días en un pueblecito de montaña alejado de una gran ciudad? Pues que la cosa se complica bastante si tenemos en cuenta que en ese pueblo sólo hay una misa el domingo a las 12:00 si es temporada alta o cada 15 días en caso de ser temporada baja. Y por no hablar de adoraciones o confesiones que entonces la cosa se complica bastante… simplemente casi no hay disponibilidad.

Para ser sinceros debo reconocer que lo de la misa diaria tiene solución bastante fácil en mi caso, basta con desplazarse en coche hasta la población más grande y cercana donde uno puede disponer de misa diaria al final de tarde y dos misas el domingo para escoger ¡incluso hay una hora santa un día a la semana!… No es mucho, pero puede ser suficiente para mantener levemente viva la ‘llama’. No seria justo quejarse sabiendo lo difícil y complicada que puede ser la dura y difícil labor pastoral de los sacrificados y escasos sacerdotes disponibles en estas zonas despobladas de nuestro país.

Pero fijaros por donde, estas mismas vacaciones de Navidad hice un gran descubrimiento y lo quería compartir con vosotros. Os cuento: el pasado jueves 27 de diciembre salí a caminar por el monte junto a mi querido y fiel perro, los dos solos. Era un día precioso de invierno con sol radiante y temperatura muy agradable. Tras más de una hora de andar por senderos apartados del bullicio, en los que por cierto aproveché para rezar los misterios del Santo Rosario, llegué a un prado solitario y soleado donde decidí parar y sentarme en una roca para descansar y contemplar el paisaje. Llevaba puestos los auriculares por los que escuchaba las canciones de mi ‘playlist‘ especial con los hits que solemos cantar en las adoraciones de Emaús. Todo perfecto…

Mientras sentía el agradable y suave calor del sol en mi espalda, teniendo la certeza de estar solo en aquel magnífico lugar y al mismo tiempo estar escuchando bellas canciones que invitan a la adoración, fue entonces cuando me fijé en una de las montañas que tenía enfrente. No era la más grande ni la más pequeña, no era la más bonita ni la más fea… era simplemente una de tantas montañas. Es más, creo que nunca me había fijado en ella y tampoco sabía su nombre. Pero allí estaba, frente a mi, asomando orgullosa su pequeña cumbre nevada por detrás de otra montaña más cercana que la tapaba parcialmente. No me preguntéis por qué pero la verdad es que fijé mi vista en la luminosa cumbre y entonces ocurrió algo sorprendente.

Mientras miraba la montaña, la que hasta ahora nunca me había llamado la atención, me pareció entonces estar viendo la más bonita de las montañas del mundo. Sin poder apartar la mirada de la cumbre nevada, que resaltaba contra un cielo azul intenso marcado por algunas nubes, una inmensa paz y serenidad empezó a invadirme. Era una sensación de felicidad absoluta, de esas que sólo había conseguido sentir en alguna adoración al Santísimo o en algún momento especial de profunda oración. Es como si se hubiera establecido una conexión directa entre la montaña y mi corazón, entre la naturaleza y mi alma… Entre Dios y yo mismo. Creo que al principio no hablé, no oré, no pedí, tan sólo le contemplé en su inmensidad y noté que dentro de mi corazón todo eran sentimientos de agradecimiento. Sobraban las palabras, Dios que lo sabe todo de mi no necesitaba de ellas para saber como me sentía en ese momento. Estuve así una hora, la mejor y más intensa ‘hora santa’ de mi vida. Fue una pasada, un verdadero regalo del Señor. La verdad es que hubiera estado allí contemplando la montaña, en definitiva contemplando al mismísimo Dios, horas y horas. La verdad es que aquella hora me recargó al 100% las baterías y avivó la llama de mi débil fe una vez más.

¡Entonces lo entendí! ¿De qué sirve quejarse de tener falta de medios o tiempo para acudir y estar un rato con Dios y adorarle? Yo en mi terrible ignorancia de converso pensaba que la única manera para estar un rato con Dios era acudiendo a una iglesia o capilla y permanecer frente a un sagrario o una resplandeciente custodia. Y ciertamente es una gran manera y os recomiendo que lo hagáis siempre que podáis, pero este día también entendí que Dios está en todas partes, que es omnipresente. Está en una montaña, en un árbol, en un animal, en un río, en el mar, en la nieve, en el sol, en un niño, en un anciano, en una estrella, en un instante… tan sólo hace falta contemplar y entregarse a lo que nos rodea y entender que Dios está presente en todo ello. Al fin y al cabo todo es obra suya.

Aquel día aquella montaña fue la más bella de las custodias para adorar al Señor, y aquel fue un magnífico lugar y momento para adorarle. Fue la mejor de las capillas o incluso la mejor de las catedrales. Él siempre está con nosotros, nos ve y nos escucha. Es cuestión entonces de aprovechar cualquier situación que se nos presente para hacer un rato de oración sincera, con recogimiento y piedad. Probad, veréis como le encontraréis siempre a vuestro lado, hasta en la más insignificante de las montañas.

¡Gracias Señor!


El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos fabricados por hombres (Hechos 17, 24)

Y a toda criatura que existe en el cielo y en la tierra, por debajo de la tierra y en el mar, y a todo cuanto existe en ellos, les oí decir:
«Al que está sentado en el trono y al Cordero,
la alabanza, el honor, la gloria y el poder
por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 5, 13)


Foto por el autor tomada el 27 de diciembre de 2018.

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