Dios ¡Cuánto me cuesta aceptar tu voluntad!

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¿Cuántas veces le decimos a Dios ‘hágase en mí según tu palabra’ o ‘hágase tu voluntad’? ¿Una vez al día, una vez a la semana, una vez al mes, nunca? ¿Hasta qué punto somos capaces de entregarnos y abandonarnos a Él sin poner ni un ‘pero’ de por medio?… Dos simples frases de la Biblia, una de María y otra de Jesús, sirven para definir el concepto de entrega absoluta a Dios y son dos bellísimos ejemplos que deberían servirnos siempre como guía en nuestra vida.

«Dijo entonces María: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra»
(Lc 1, 38)

«Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya»
(Lc 22, 42)

Que impresionante ejemplo de entrega es el de la Virgen María al decir “hágase en mí según tu palabra” cuando el arcángel Gabriel le comunica que va a engendrar un hijo, que se va a convertir en la madre del hijo de Dios. Qué confuso debió ser todo para aquella joven mujer, incluso el llegar a entender el misterio que se le anunciaba. Su Dios, a través del arcángel, le comunicaba que iba a engendrar por medio del Espíritu Santo al mismo Dios. Pensemos en todas las incertidumbres y angustias que debieron invadirle en aquellos momentos ¿Cómo se iba a producir semejante prodigio si era virgen? ¿Cómo reaccionaría su esposo, el buen José? ¿Qué pensaría la sociedad de aquel entonces? ¿Aceptaría su entorno su ‘extraña’ maternidad? ¿La repudiarían quizás?… Supongo que en ese momento ella debió tener sus dudas y sobre todo muchos miedos. Todo debió ser muy confuso, pero en todo momento tuvo fe y confió plenamente en Dios, y con total entrega a la voluntad de Dios aceptó. De esta manera demostrando una inmensa generosidad y amor daba pie al inicio el plan divino de Dios. Cuanto más pienso en esta escena mas me impresiona la humildad y confianza con la que María acepta el plan preparado para ella por Dios. María es una mujer de fe y esta misma fe es la que le da fuerzas para dar el Sí que serviría para concebir el verbo hecho carne, el mismísimo Dios entre nosotros.

Por otro lado cuanto más impresionante es la escena de la agonía de Jesús en Getsemaní la noche antes de su crucifixión. Jesús sabedor del destino que le espera ora intensamente al Padre. ¿Os imagináis lo impresionante y doloroso que debió ser el sufrimiento que padeció Jesús en ese momento? Sentirse traicionado, abandonado, olvidado, vejado, odiado… y sentirse tan tan solo. Qué terrible debió ser ese momento para que aquel que siempre había aceptado la voluntad del Padre, en un momento de gran debilidad y sufrimiento humano, le suplicase que apartase ese amargo cáliz. Un cáliz que Jesús vio lleno de traición, ignominia, olvido, pecado, muerte, guerra, etc… En definitiva un cáliz lleno a rebosar de toda la debilidad humana, nuestra debilidad. Pero aún así, consciente de estar orando con el Padre, otra vez la situación se repite de la misma manera que aconteció con María. Jesús, incluso sufriendo más que con la propia crucifixión, con impresionante humildad le dice a Dios que “no se haga mi voluntad, sino la tuya” ¡Cuánta entrega siendo Jesús sabedor de la dolorosa pasión que le espera! Aún así Jesús decide cargar sobre sus hombros con todo el peso de los pecados de la humanidad para redimirlos. Se entrega a nosotros y por nosotros al igual que hizo María al aceptar la voluntad de Dios.

Señor mío, mi Dios ¿Por qué me cuesta tanto decirte sí? ¿Por qué me empeño siempre en hacer mi voluntad y nunca aceptar la tuya sin ‘peros’ ni condiciones? Me lo has dado todo, sólo tengo palabras de agradecimiento hacia ti, no me has fallado, te quiero por encima de todo y sin embargo cuantas veces te doy la espalda o me rindo cuando las cosas no me van como me gustaría que fuesen o cuando algo se tuerce en mi vida. Lo se, yo soy mucho más de aquellos que prefieren que les aparten el ‘cáliz’ amargo que de los que sin dudarlo aceptan tu voluntad, sea cual sea, con humildad, abandono y confianza absoluta. Soy más de mirar hacia otro lado que de enfrentarme y aceptar a las dificultades cuando estas se presentan.

Señor dame fuerzas para poder entregarme completamente a ti y para poder decirte siempre “hágase en mí según tu palabra” como hizo María y también para decirte “no se haga mi voluntad, sino la tuya” como hizo tu hijo Jesús con entrega absoluta.


BIBLIOGRAFÍA:
Sagrada Biblia: Universidad de Navarra

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