Smartphones y Evangelización 2.0

Group of diverse people riding a train

Hace unos días tuve que desplazarme a una población cercana y decidí hacerlo por por tren. Era un día lluvioso y desapacible. A las 8:00 de la mañana los vagones estaban a rebosar de jóvenes estudiantes que usan habitualmente este medio para acceder a la universidad. Lo que más me llamó la atención fue que el 90, por no decir el 95% de estos jóvenes estaban mirando fijamente la pantalla de sus smartphones completamente ajenos a lo que ocurría a su alrededor. Algunos ni tan siquiera levantaban la mirada para ver el paisaje a través de las ventanas o para interesarse por la persona que estaba sentada a su lado. La verdad es que la escena me hizo sonreír y reflexionar sobre nuestra sociedad actual.

Era una situación cuanto menos cómica. Yo, con mi ‘decenario’ de dedo, rezando el Santo Rosario (siempre aprovecho cuando tengo unos minutos disponibles para rezarlo) y un centenar de estudiantes completamente ajenos al mundo que les rodeaba enfrascados en su mundo particular visto a través de una pequeña pantalla. ¿Quién era realmente el extraño en ese vagón? Seguramente para todos los jóvenes ese sería yo. Para mí lo eran ellos. No pude evitar sentir cierta tristeza por ellos ya que la imagen era realmente surrealista. Ya no se oyen voces, risas, murmullos, conversaciones en los trenes como antes. Hay solo un extraño silencio tan solo roto de vez en cuando por la voz robotizada que anuncia la siguiente estación. La supuestamente sociedad más culta, más preparada, más formada, en definitiva más libre de toda la historia de la humanidad es una sociedad esclavizada por un simple dispositivo electrónico. El nuevo ídolo.

Es entonces cuando me vino una escena a la cabeza. ¿Qué ocurriría si de repente, en ese mismo momento y simultáneamente todas las pantallas de los smartphones del tren se oscureciesen y apareciese nuestro Señor Jesucristo en persona para transmitir a todos ellos su mensaje de amor y esperanza? La verdad es que sería espectacular. Me imaginaba las caras que pondrían todos. Y seguí dándole vueltas ¿y si se apareciese simultáneamente Jesús en todos los smartphones de la humanidad para comunicarnos que por fin había llegado, por ejemplo, el momento de su segunda venida? Y que tal como nos dice en Mateo, y con las mismas palabras, se nos dirigiese a cada uno de nosotros mirándonos a los ojos:

«Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará». (Mateo 16, 24-25)

¿Cómo reaccionaría la gente? Algunos se mirarían con cara de sorpresa e incredulidad, otros reirían, otros quizás darían golpes al smartphone o lo ‘resetearían’ pensando que se trata de una avería técnica, otros se pensarían que es una broma de mal gusto, otros seguirían mirando la pantalla atónitos… Pero ¿cuántos de ellos sufrirían allí mismo una conversión y se entregarían al Señor sin dudar ni un momento? Me temo que muy pocos, no lo sabemos. Es tan sólo una ficción producto de mi imaginación.

Entonces uno se pregunta cómo es posible que hayamos llegado a una situación tal de que si algo se nos dice o asegura a través de nuestro smartphone nos lo creemos ‘a pies juntillas’ sin dudar ni un solo ápice. Rumores, mitos, noticias falsas, calumnias, falsos perfiles, imágenes falseadas, realidades virtuales, etc. Hoy lo normal es que todos los inputs de reciente creación y de difusión global casi inmediata que recibimos y vemos a través de nuestro dispositivo móvil los damos habitualmente como ciertos, buenos y les damos carta de credibilidad absoluta. Nuestra dependencia es tan absoluta al móvil que nos impide desprendernos de él y de dedicarnos unos momentos de desconexión total para poder meditar y razonar por nosotros mismos. Razonar y preguntarse en cambio como es posible que cuando se nos ofrece un gran mensaje de esperanza, de amor, de reconciliación, de perdón, de salvación y felicidad; o una gran invitación a la conversión y a la santidad como los que nos dio Jesucristo, nuestro Dios hecho hombre, y que se ha transmitido invariable e íntegro durante casi dos mil años, la mayoría de la Sociedad actual se niega a aceptarlo y darle ninguna credibilidad. Es curioso.

¿Cuántos de estos jóvenes serían capaces de negarse a sí mismos, tomar su cruz y seguirle? ¿Es que acaso es necesario que la invitación les llegue a través de su smartphone para que la tomen en serio? Pues la verdad, muchas veces me planteo si no ha llegado ya el momento de que la Iglesia empiece a utilizar el enorme potencial de las nuevas tecnologías, las Redes Sociales o la mismísima viralidad que estas ofrecen, que no necesariamente es mala si se utiliza correctamente. Fijaros que rápido puede llegar a extenderse la noticia de que un sacerdote ha abusado de un menor. Tan sólo unos minutos bastan para que la noticia sea global y esté en boca de toda la humanidad. En cambio, qué poca y qué lenta difusión, por no decir ninguna, tiene el que unas monjitas católicas alimenten y protejan ellas solas a un centenar de niños indefensos y desnutridos en una pequeña misión perdida de África.

Pensemos que en el siglo I las obras prodigiosas o el mensaje de Jesús podían tardar semanas, meses, incluso años en llegar a otras partes del mundo al ser transmitidas de viva voz o a través de la escritura por testigos presenciales. Hoy un milagro o el mensaje de Jesús sería conocido por toda la humanidad en cuestión de segundos. Por eso enemigos de la Iglesia, populistas demagogos, falsos profetas y mesías de tres al cuarto, conocedores de este poderosísimo potencial sacan un partido extraordinario a la tecnología y la información y a las posibilidades infinitas que nos ofrecen. ¿A qué espera la Iglesia Católica para iniciar la evangelización 2.0?

Se están dando los primeros pasos, pero vamos muy muy lentos…

foto: Rawpixel.com

BIBLIOGRAFÍA:
Sagrada Biblia: Universidad de Navarra

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