¿Por qué me tentáis, hipócritas?

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¿Por qué me tentáis, hipócritas? (Mt 22, 18) Así les contestó Jesús (y además es que me lo imagino respondiendo enérgicamente y algo molesto) a los fariseos y herodianos cuando intentaron tenderle una trampa al preguntarle si era lícito pagar tributos al César. Pero nuestro Señor no sólo no cae en la trampa sino que nos sorprende una vez más con su sabia respuesta y que con el tiempo se ha convertido en un dicho muy popular:
Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. (Mt 22, 21)

Para Jesús no hay incompatibilidad alguna entre cumplir con el César y con Dios, muy al contrario es fundamental que este cumplimiento de nuestras obligaciones, digamos terrenales, y las divinas sea lo más estricta posible. Porque no es necesario enfrentarse al poder terrenal para vivir plenamente conformes al ordenamiento de Dios, de la misma manera que vivir sometido al poder terrenal signifique en absoluto tener que renunciar a Dios. Muy al contrario. Como seres humanos tenemos tanto obligaciones como miembros de una Sociedad como obligaciones tenemos como hijos de Dios. Estos deberes, los que debemos a la Sociedad como los que debemos a Dios, deben ser atendidos por nosotros siempre con absoluta excelencia.

Nuestras responsabilidades ante la Sociedad no deben librarnos de nuestras responsabilidades ante Dios ni viceversa, son perfectamente compatibles ya que servir a Dios es servir eficazmente a la Sociedad, y servir bien a la Sociedad es servir a Dios. Sería completamente absurdo por nuestra parte pretender construir un mundo más justo y humano dejando de lado a Dios, como sería también absurdo olvidarnos por completo del mundo centrándonos exclusivamente en Dios, ignorando todo lo humano que nos rodea.

Dando a Dios lo que es de Dios, es decir: siendo justos, misericordiosos, caritativos, bondadosos, serviciales, etc. En definitiva viviendo en santidad conforme a su ley y preceptos, le estaremos dando a la Sociedad lo que le corresponde: lo mejor de nosotros mismos. Todo lo que escatimemos a Dios se lo estaremos escatimando a la Sociedad. Y es que al final y no nos engañemos, nosotros somos los que tendremos que responder de lo que pase en este mundo ante Dios. Él es el que de verdad está por encima de cualquier ‘César’.

Espíritu Santo, te pido que nos ilumines para que sepamos siempre elegir cual es el mejor camino para dar a Dios lo mejor de nosotros mismos y así poder ser partícipes de una Sociedad mejor y más justa. María, Reina de la Paz, te pido por la conversión de la humanidad para que este sea un mundo del que Dios nuestro Señor pueda sentirse orgulloso.


BIBLIOGRAFÍA:
Sagrada Biblia: Universidad de Navarra

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